LA PERSEVERANCIA DE LOS DESAPARECIDOS

Los debates políticos muchas veces terminan enconándose y de nada sirven los argumentos racionales. Es entonces cuando acaso sirvan las historias, como ésta, que trata de un maestro de escuela de la República.

El País/JULIO LLAMAZARES 26/09/2008

Guardo en mi casa de vacaciones -la vieja casa de mi familia- el retrato de un hombre al que no conocí, pero cuya presencia me ha acompañado siempre, al igual que a mis padres y a mis abuelos. Se trata del retrato de un tío mío, maestro de la República, que desapareció en la guerra y al que, mientras vivieron, sus padres y sus hermanos buscaron inútilmente. Tal vez por eso su foto permaneció siempre en el comedor presidiendo las comidas y reuniones familiares y por eso yo la conservo, no en el mismo lugar, pero sí en otro preeminente, después de reformar la casa hace algunos años.
La perseverancia de los desaparecidos (tomo la frase de un título del poeta Miguel Suárez que publicó Hiperión) se muestra en esos detalles, pero también en su resistencia a desaparecer del todo, como sucede con las estrellas, que siguen dando luz después de muertas, incluso cuando llevan millones de años apagadas. Y es que los desaparecidos se convierten en fantasmas que continúan viviendo junto a nosotros, por más que no los veamos salvo en las fotografías que conservamos de ellos.
La providencia del juez Garzón recabando de todos los archivos la relación de desaparecidos en la Guerra Civil y en la posguerra (para muchos, una continuación de aquélla) en orden a confeccionar la lista completa de sus nombres con el fin de proceder a su rescate -en el caso de que se sepa dónde se encuentran sus restos- o a su búsqueda y reivindicación -en el contrario- me ha hecho recordar a mi tío Ángel y a revivir escenas de mi niñez, cuando mi padre y sus hermanos le buscaban todavía, cosa que no dejaron de hacer, ya digo, mientras vivieron, aunque en los últimos tiempos ya sin ninguna esperanza. Por edad, no alcancé a vivir el dolor de mis abuelos, que se fueron con la pena de morirse sin saber qué había sido de su hijo ni si en verdad les había precedido en su destino, como todo hacía pensar; una pena tan grande que a mi abuela la llevó a experimentar incluso fenómenos de aparición (llegó a ver a su hijo una noche en la cocina y a escuchar su voz varias veces, según me contaron luego) y que se vio agrandada por el acoso que ambos tuvieron que soportar por parte de los guardias y la policía franquistas, que pensaban que mi tío pudiera estar escondido en casa, o en el monte, con los grupos de huidos republicanos que durante muchos años resistieron en la zona.
Si cuento todo esto no es, por supuesto, por hacer pública una historia privada y personal, sino por transmitir a quienes se oponen a la búsqueda y reivindicación de los miles de personas desaparecidas en España a lo largo de la guerra y la posguerra el sufrimiento experimentado durante años por sus familias y -algo que les sorprende aún más- la razón de que ese sentimiento perdure en sus descendientes, incluso en aquellos que, como yo, ni siquiera llegamos a conocer a los protagonistas. La experiencia personal, por más que sea limitada, alumbra muchas veces más que todos los análisis teóricos.
En el debate que últimamente se está librando en nuestro país sobre la necesidad de la recuperación de la memoria histórica, como se ha dado en llamar, de una manera eufemística, a la búsqueda de los desaparecidos, se han esgrimido por una y otra parte todo tipo de argumentos y razones. Por parte de quienes la rechazan (la derecha, sobre todo, pero también un número no pequeño de personas sin ideología concreta, incluso de la izquierda más pragmática o más muelle), que hay que mirar hacia delante y no hacia atrás, que la guerra ya ocurrió hace más de medio siglo, que el andar escarbando en el pasado puede reabrir heridas, que a los que lo pretenden sólo les mueven el odio y el revanchismo. Por parte de los que la defienden (la recuperación de la memoria histórica), que el olvido no es justicia, sino todo lo contrario, que la memoria es una necesidad vital, aparte de un derecho de todas las personas y los pueblos, que las heridas no se reabren por buscar a los muertos y enterrarlos dignamente, puesto que nunca se llegaron a cerrar (entre otras muchas razones, por la oposición de aquéllos a que pudiera hacerse cuando debía), que el tiempo transcurrido es garantía de que la historia se puede conocer sin gran peligro, que no parece muy coherente que se reivindique a cada momento la memoria de las víctimas de ETA mientras que se les niega lo mismo a las del franquismo o que, en fin, ya es hora de que los desaparecidos afloren de sus limbos y sus tumbas clandestinas y descansen para siempre donde deben, esto es, donde deseen sus familiares, como ocurre en todos los países democráticos. No seré yo, aunque podría hacerlo sin duda alguna, el que añada más razones y argumentos al debate (en mi caso, por supuesto, a favor de los que quieren y reclaman la verdad), entre otras cosas porque por experiencia sé que, en los debates políticos, y éste lo es, nadie convence a nadie de nada racionalmente. Me limito, por ello, a contar mi historia, como comencé este artículo, por si con ella logro ablandar la sensibilidad de alguno de esos que, insolidariamente o por conveniencia, se resisten a que otros conozcamos qué ocurrió con nuestros familiares o vecinos y podamos, llegado el caso, darles la paz que nunca tuvieron.
Cuando estudiaba bachillerato, en una clase de religión, entonces obligatoria como determinada gente pretende volver a hacer (se ve que no confían demasiado en sus ideas), recuerdo que el profesor, un cura, lógicamente, nos explicó las razones morales por las que el robo era considerado un pecado por la religión católica. De todas las esgrimidas, que eran bastantes, hubo una que aún recuerdo, pues me llamó la atención poderosamente en aquel momento. Era aquella que decía que “las cosas claman por su dueño” y no dejan de hacerlo hasta que se le restituyen. Imaginaba yo entonces un sordo rumor de ambiente producido por todos los objetos que, robados, permanecían en manos de los ladrones y cómo éste debía de delatarlos, así como la paz que los propios objetos habrían de sentir cuando por fin eran devueltos a sus legítimos dueños. Como si los objetos tuvieran alma y sufrieran igual que las personas.
Yo no sé si la religión católica sigue alentando esa presunción, tan literaria por otra parte, para condenar el robo (y para sacralizar, de paso, la necesidad de la restitución de lo robado, condición imprescindible para el perdón del pecador), pero la he recordado muchas veces para explicarme a mí mismo la razón de que hechos sucedidos hace décadas continúen planeando sobre mí y, por lo que puedo ver, sobre muchos otros compatriotas. Que 70 años después de acabada la guerra y comenzada la posguerra, con todo lo que ha ocurrido desde esas fechas, mucha gente continúe reclamando conocer el paradero de sus desaparecidos no indica más, aparte de que, contra lo que muchos quieren, las heridas siguen abiertas, que aquellos siguen clamando en nuestras conciencias y que lo hacen con perseverancia. Sólo así puede explicarse que, después de tantos años de silencio, de olvido institucional, de persecución incluso de su memoria, y después de muertos ya la mayoría de los que los conocieron, su recuerdo y sus nombres sigan vigentes y que haya gente que continúe buscándolos. De la misma manera que sólo así se explica la perseverancia de ésta, hijos y nietos de los desaparecidos muchas veces, que, aunque no llegaron a conocerlos, crecieron, como yo, viendo sus fotos y oyendo a sus padres y a sus abuelos hablar de ellos como si siguieran vivos.
No lo están (el tiempo transcurrido ya ha dejado lugar a la verdad), pero tampoco están muertos, o no lo están del todo, pues su recuerdo sigue turbándonos. ¿Cómo entender, si no, que haya gente que siga todavía buscando el paradero de personas de las que no posee ninguna pista o que las fotos de éstas permanezcan en sus sitios, como la de mi tío Ángel, al revés que las de los muertos, que desaparecen de nuestras vidas a medida que el tiempo va transcurriendo? Personalmente a mí nadie me pidió que la conservara, ni que estuviera atento a cualquier noticia que sobre mi tío pudiera aparecer, pero lo hice y lo sigo haciendo, y ello a pesar de que ya no vive nadie de cuantos lo conocieron de mi familia. El recuerdo de mi padre buscándolo inútilmente y el conocimiento del sufrimiento de mis abuelos es motivo suficiente para hacerlo. Eso y la perseverancia de mi tío Ángel, aquel maestro que llevaba a los niños a lavarse antes de empezar la escuela y que soñaba con un mundo más justo y cuya foto me espera cada verano en la casa en la que nació.
Julio Llamazares es escritor.
Fuente del artículo: WEB de la ARMH

I Pagliacci de Leoncavallo

Una de mis óperas favoritas  es “I Pagliacci de Leoncavallo”. Una obra peculiar con una historia peculiar. Ruggero Leoncavallo la escribió para presentarla a concurso en 1888 y fue rechazada. Tiene para mi gusto personal una de las mejores arias: “Recitar!…Vesti la giubba”, capaz de hacer que se me ponga la piel de gallina, lo mismo que dicen  que era, lo único capaz de hacer llorar a scarface (Al Capone) cuando la oía.

Escucharla en las voces de Luciano Pavarotti en el papel de Canio, Mirella Freni en Nedda, Ingvar Wixell como Tonio, Vincenzo Bello haciendo de Beppe y Lorenzo Saccomani de Silvio es un lujo. Un elenco que parece haber nacido para cantar esta obra juntos. Quizás porque la mayoría son italianos y son capaces de sentir y transmitir esta tragedia como nadie.

Ruggero Leoncavallo

Ruggero Leoncavallo

HISTORIA DE LA OBRA:

Esta obra está muy ligada a la ópera de Mascagni “Cavallería Rusticana” , es más, se las consideran óperas hermanas debido a que sus historias están muy ligadas tanto cronologicamente como en  el estilo (corriente verista).

La editora Sonsogno convocó un concurso para óperas breves ofreciendo premios en dinero y puesta en escena a las tres mejores obras presentadas con la única condición de que fueran de un sólo acto y libre elección el tema escogido. Así fue como rechazaron la obra de Leoncavallo, ya que esta estaba compuesta por dos actos. La ganadora del certamen fue “Cavalleria Rusticana” de Mascagni, segunda “Labilia” de Spinelli y tercera “Rudello” de Vicenzo Ferroni (estas dos últimas estan olvidadas completamente y son obras inéditas en los carteles de hoy). Aún así y debido a la persistencia del autor y al buen criterio de la editora, “I Pagliacci” se editada y se presentó por primera vez en el año 1892 en el teatro de Verme en Milán, siendo un éxito rotundo.

Caratula de la ópera I Pagliacci editada por Decca

Caratula de la ópera I Pagliacci editada por Decca

Personajes :

  • Canio alias « Payaso », director de una tropa de comediantes ambulantes, tenor
  • Nedda alias « Colombina », su esposa, soprano
  • Tonio alias « Taddeo », un payaso, barítono
  • Peppe alias « Arlequin », tenor
  • Silvio, un aldeano, barítono

La obra tiene lugar en una aldea de Calabria, una tarde de un 15 de agosto:

Acto I:

Tras el preludio, Leoncavallo inicia esta ópera con la aparición, a telón bajado, de Tonio, disfrazado de Taddeo en la Commedia dell ‘Arte. Es el prólogo. Tonio se presenta ante el público para explicar qué obra van a ver los espectadores (“Si può?”…¿Se puede?”) y como podrán disfrutar de esta obra que el autor compuso para los hombres, lleno está de amores y odios. Es un aria en la que se puede observar los distintos cambios musicales

Tras el prólogo, empieza el acto con la llegada de un grupo de payasos a un pueblo, en la festividad de la virgen de Agosto, para representar una obra. La compañía, dirigida por Canio, está formada también por su esposa Nedda, el jorobado Tonio, y Beppe. El recibimiento es acogedor para los payasos, que lo agradecen (eh,Son qua… “Sei de’ pagliacci”). Canio anuncia al pueblo que esa noche a las 23 horas hay un gran espectáculo al que nadie ha de faltar (“Un grande spettacolo a ventitré ore”). Cuando Nedda baja, Tonio le trata de ayudar pero Canio le da un pequeño golpe mientras que los lugareños le ríen las gracias. Los celos de Canio vuelven a resurgir cuando algún joven le insinúa, sin mala intención, que Tonio, que había rechazado la invitación para tomar algo junto a los compañeros, se quedaba para cortejar a Nedda (“Bada, Pagliaccio, ei solo vuol restare per far la corte a Nedda” ). Canio muestra en este aria, “Un tal gioco, credetemi”, un carácter revelador del final de esta ópera ya que deja bien claro que el final, en la realidad, sería bien diferente del de la obra en caso de que Nedda le engañase con algún hombre (el oyente notará como Canio aumenta su intensidad cuando habla de lo que pasaría sin descubriese a Nedda). La llegada de gaiteros acompañando la comitiva de parejas que van a las vísperas, junto a las campanadas de la iglesia del pueblo, hacen que la gente despeje la plaza (“Don, din, don, din. suona vespero”). Cuando Nedda se queda sola, se pone a pensar y preocuparse por la actitud celosa mostrada por Canio (“Qual fiamma avea nel guardo”…¡¡qué fuego tenía en la mirada!!). Nedda está enamorada secretamente de otro… y ese amor que le hace cambiar su discurso para volverlo más alegre (“Oh! Che volo d’augelli, e quante strida!…” ¡El vuelo de los pájaros, qué bullicio!). Sin embargo, Tonio no había marchado y estaba observándola. Cuando ella lo descubre, la conversación es punzante por parte de Nedda, que tanto desprecia a él como a sus ridículos intentos de acercarsele (“So ben che difforme conforto son io”… Sé bien que soy deforme). El constante desprecio y la mofa llevan a Tonio a amenazarla de “que lo pagará” mientras que sale de escena.

La llegada de Silvio alegra a Nedda, primero inquieta por la imprudencia, pero el amor vuelve a salir en este dúo… con un espectador terrible, ya que Tonio ha observado que Silvio trata de convencer a Nedda para huir (“E allor perché, di’, tu m’hai stregato”…). El dúo es sentido, emocionado, un Silvio implorante, una Nedda deseosa de ser libre que acaba convencida, citándose para medianoche. Esta parte de la conversación ha sido escuchada por Canio, acompañado por Tonio -cual Yago- y que salta ante la exclamación de ella a Silvio ( “…e per sempre tua sarò”), lo que hace que el amante de Nedda huya. Canio se muestra colérico y trata de averiguar el nombre de esa persona que estaba junto a ella pero Nedda calla. La escena es atroz y los compañeros tratan de apaciguarlo ya que la gente está a punto de salir de la iglesia y no debe de ver tal “espectáculo”; Tonio trata de tranquilizarlo asegurándole que el amante estará esa noche viendo el espectáculo y le pide que finja. En este momento se canta el aria “Recitar!….Vesti la giubba”, que refleja ese dicho “la gente paga y quiere reír” y el célebre “ridi, Pagliaccio”, que ha popularizado esta ópera en el mundo gracias a tenores que no han dudado en representar este papel y lograr una interpretación histórica del personaje. Canio se muestra hundido pero “el espectáculo ha de seguir” y ha de actuar para el público.

El intermedio sirve para prepararnos para la obra que la compañía de payasos va llevar adelante. En esta “Commedia dell’Arte” Canio es Pagliaccio, Nedda es Colombina, Tonio es Tadeo y, por último, Beppe es Arlecchino.

Acto II:

El acto comienza con el coro de aldeanos que se van aposentando en sus asientos para ver la obra. Entre ellos está Silvio, que le recuerda que la esperará al final de la obra.

El desarrollo es el siguiente:

Colombina está en una salita paseando mientras la voz de arlequín implora por su amor (“Oh! Colombina, il tenero fido Arlecchin…” Oh,Colombina,el fiel y tierno Arlequín). La llegada de Tadeo, bufón enamorado de Colombina, nos devuelve, aunque sea de forma jocosa, al primer acto respecto al encuentro de Tonio y Nedda (“Sei tu bestia?”). Arlequín sube y alcanza la ventana de la habitación donde está Colombina y Tadeo y echa al bufón ante las risas del público. El pequeño dúo amoroso-jocoso culmina con las mismas palabras que Nedda dijo a Silvio, lo que acelera la furia en Canio. La entrada en escena como Pagliaccio es el fin de la ópera. La realidad empieza a sobrepasar a la ficción. Ante el público atónito, Pagliaccio desaparece para que Canio se muestre como tal (“Pagliaccio non son…”) con una actitud tan despiadada ante Nedda (“Sperai, tanto il delirio”) que le exige que revele el nombre de su amante. Nedda trata de seguir con su papel de Colombina y seguir con la comedia pero el intento es infructuoso ya que Canio ya está lleno de ira. Silvio, ha sido el único en el público que pensaba que la escena no era de ficción y empieza a preocuparse por Nedda quien a pesar de confesar su romance, se niega a revelar el nombre de su amante y trata de huir al ser amenazada por Canio, pero éste logra alcanzarla y matarla. Silvio intenta salvarla pero sólo logra ponerse a tiro de Canio que también lo mata. Con un terrible e irónico “La commedia è finita” (La comedia ha terminado), concluye la ópera mientras el telón baja ocultando los cuerpos inertes de los dos amantes.

Suele ser habitual que, por su poca duración, las casas discográficas pongan en una mismo pack a I Pagliacci de Leoncavallo junto a Cavalleria Rusticana. Ambas óperas tienen una gran importancia en lo que fue la última corriente del siglo XIX, la “escuela verista”. Tanto la ópera de Leoncavallo como la de Mascagni, son obras que han alcanzado gran fama, si bien las óperas de Puccini les impidieron mayor relumbrón. Con todo, algunos momentos como el “Vesti la giubba” (I Pagliacci) han podido entrar en el repertorio de fragmentos favoritos de los aficionados a la ópera. Ambas obras marcaron a sus compositores hasta el punto de no volver a repetir otro logro importante.

ENTRADA AL LIBRETO DE LA ÓPERA: